Te vivo como si todavía estuvieras presente…

Ya ha pasado tanto tiempo desde que te marchaste; parece como si hubieran pasado años. Todo queda tan lejos. Ya no te busco, ni te escribo, ni te echo de menos, ni te pienso, ni te siento, ni te sueño. Hace tiempo que te has ido de mi vida y de mi mente. Hace tiempo que ya no te tengo en mí, ni te ruego, ni te llamo. No sé nada de ti, de lo que ha sido de tu vida, de si todavía estás con ella, ni de si se lo contaste, ni de lo que haces, ni de lo que eres. Apenas nos conocíamos, y lo poco que conseguí averiguar lo he borrado o más bien lo he ido apartando.

Será eso que dicen que el tiempo lo cura todo. Será que llegaste para darme una lección y una vez cumplida la misión te fuiste sin más. No sé qué fue todo aquello, ahora echo la vista atrás y no consigo entenderlo. No entiendo qué hicimos, por qué lo hicimos, ni cómo, ni para qué. No es que le busque un sentido lógico, es que simplemente no logro comprender a qué vino todo aquello. No sólo por ti, más bien por mí. ¿Por qué me metí en ese lío? en esa relación que no me pertenecía ¿por qué insistir en vano? ¿por qué tanto tiempo perdido llorándote? sin querer
vivir, sin querer hacer nada por mi vida, sin querer existir sin ti, sin querer seguir adelante. No entiendo porqué tantas lágrimas, ni porqué tanto dolor y sufrimiento. Tantas pocas ganas de nada, tantas pocas ganas de luchar, ¿por qué todo me daba igual? No puedo entender cómo alguien a quien no conocía, llegó a hundirme tanto. Afortunadamente no eras el primero ni el último y a pesar de lo mal que lo pasé, todo logró volver a su sitio. Te superé, o eso creo.

A pesar de ello no sé por qué la vida me golpea de esa manera y siempre es con la misma piedra: el amor.

Todos los ataques van dirigidos a mi corazón. Dicen que cuando duele el corazón es que algo va muy mal, y yo pasé muchas noches con un dolor insoportable  en el pecho. Tanto lloré, tanto y tanto, no sé cuántas noches, días y tardes te lloré, perdí la cuenta. Me impresioné al ver la cantidad de agua que podemos derrochar sin deshidratarnos.

Me volví tan frágil que no lo pude esconder más y tuve que sacarlo, tuve que sacarlo todo, tuve que
mostrárselo al mundo para que se fuera. Aún lo recuerdo; noches enteras sin dormir con la cabeza pegada a la almohada para que no se me oyera, noches enteras con los ojos pegados con miles de lágrimas… a veces ni siquiera podía abrirlos, a veces parecía que fueran a explotar, que me sangraran sin parar; pero nunca me quejé, nunca me preocupó ese dolor, me importabas mucho más tú. Más bien tu traición y tus encantos. Más bien tu sabiduría, tus ojos de oscuridad, tus pecas de ensueño y tus labios de fuego.

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No podía soportar la idea de que te fueras, de que te fueras para siempre. No soportaba que me hubiese vuelto a ocurrir, que hubiese vuelto a fracasar, que hubiese vuelto a caer en la trampa. No soportaba  perder otra vez al amor de mi vida, que resultó ser otro amor imposible, de los que vienen cabalgando con fragor y se marchan en el silencio más imperceptible.

Bebí para olvidar y terminé en un llanto asfixiante sin final. Pasé noches enteras de rabia, de impotencia, de odio. Te llegué a odiar tanto. Odié tanto tu presencia como a la vida misma.

Suerte que a diferencia de ti, yo sí creía en el destino y le pedí una ocasión para volverte a ver, para cerrar el círculo. Y así lo hicimos, volviste. Todavía me pregunto si aquella cara en cuanto me viste fue de sorpresa, de admiración o de ambos. Recuerdo hablarte de mi profesor, de mis guiones, recuerdo tus historias, recuerdo confesarte cuáles eran mis autores preferidos, recuerdo tener las conversaciones más interesantes del mundo con el hombre más interesante del mundo, recuerdo invitarte a una copa tratando de perdonarte, recuerdo hablarle de ti a mucha gente, recuerdo que todavía intenté besarte, recuerdo que me dijiste que estabas triste y que no me lo creí jamás, recuerdo que me llevaste a casa y que ese “adiós y gracias” sería el último.

Y así se acabó. Volví a llorar en silencio y pasé en vela toda la noche. Suspendí, y me encerré en casa todo el fin de semana. Y luego pasó. Ya no quedaban más lágrimas por sacar. Se me habían secado los ojos. Todo estaba resuelto. Me había podido despedir. Por fin lo había aceptado.

Lo curioso es que pese a todo, no te olvido, te veo todavía en algún rincón con la mirada perdida y tu camisa azul bohemio, te oigo todavía hablar entre canciones, te escucho reír de tus bromas y te veo sonreír al mirarte. Me sorprende que no habiendo sido nada, te quisiera como si lo hubiésemos sido todo.

Me sorprende que aunque ya no estás, todavía te vivo como si estuvieses presente.